Por Yaca Austerlitz – IG @yacaauster
Ayer fui al velorio de mi segundo padre, desde mi oficina (día intenso con muchos vencimientos) fui directo a darle un abrazo a mis hermanos (Estanislao, Lucito e Ignacio). Estrés y angustia eran la foto de mi cuerpo y alma.
Todos sabemos que vivimos tiempos llenos de exigencias, de decisiones rápidas, etc. En este contexto, el estrés no es un error del sistema: es una reacción natural frente a lo incierto. Pero lo que marca la diferencia no es su presencia, es nuestra actitud frente a él y, en este sentido, el estoicismo, esa antigua filosofía de la serenidad, no propone eliminarlo, sino transformar la forma en que lo habitamos.
Por tal razón, cuando llegué al velorio, cambié mi foto de forma automática, le di un abrazo a Estanislao y le dije: “Es muy triste, pero es un alivio para que no siga sufriendo”. (Mi segundo padre era una persona de energía inagotable. A sus setenta y pocos años, se movía con la vitalidad de alguien mucho más joven: su cuerpo era fuerte y su entusiasmo por la vida, contagioso. Nadie hubiera imaginado que, en medio de esa plenitud física, un diagnóstico inesperado le cambiaría el rumbo. Quedó en la memoria como alguien que vivió con intensidad, hasta el último momento).

Fue clave cambiar esa foto de angustia y tristeza a un pensamiento positivo, más bien estoico, ya que esos buenos pensamientos no controlan lo que nos sucede (muerte cercana, estrés laboral, el día a día en mi caso), pero sí cómo respondemos. Esa es la clave del equilibrio: elegir con conciencia nuestra actitud en medio del ruido, de la angustia, del estrés, de la muerte, en medio de plena tormenta, como se dice. En lugar de luchar contra el estrés como si fuera un enemigo, podemos aceptarlo como una señal del cuerpo y de la mente, como una oportunidad para detenernos, observar y reajustar.
El estrés puede ser el impulso que nos recuerda lo que importa. No como castigo, sino como maestro. Nos empuja a priorizar, a soltar lo que no depende de nosotros, a enfocar la energía en lo esencial. El equilibrio, entonces, no está en evitar las tensiones de la vida, sino en aprender a moverse con firmeza interior en medio de ellas.
No es que las cosas sean difíciles lo que nos impide atrevernos; es que no nos atrevemos lo que hace que sean difíciles
Séneca
No todo estrés es enemigo. En pequeñas dosis, puede ser impulso, energía vital, chispa que enciende la acción. Lo peligroso es el desborde, el estado continuo de alerta, la incapacidad de apagar el motor interno. Buscar equilibrio no significa eliminar las exigencias del mundo, sino aprender a estar en medio de ellas sin perder el centro.
El equilibrio no es quietud, sino ajuste permanente. Escuchar al cuerpo, reconocer los límites, identificar lo urgente y lo importante, permitir pausas reales. No se trata de perfección, sino de presencia. De saber que parar no es rendirse, que decir “no” puede ser un acto de salud, y que respirar hondo es una forma concreta de resistencia.

En un mundo que acelera sin mirar atrás, encontrar equilibrio dentro del estrés es un gesto casi revolucionario. No como negación del esfuerzo, sino como afirmación de lo humano. Porque al final, lo que nos sostiene no es correr más rápido, sino aprender a caminar de otro modo.
La vida no es fácil, pero sí es mágica al respirar, pausar, elegir pensamientos que nos fortalezcan. Estos son actos pequeños pero poderosos. Porque la calma no es pasividad. Y el equilibrio estoico no es frialdad ni desapego, sino claridad y presencia. Una alegría serena que nace de saber que, incluso en medio del estrés, uno puede mantenerse de pie, con dignidad y sentido.
Como ya dije en varias editoriales, la vida es hoy, la vida es corta, el tiempo es oro. El tiempo no se detiene ni retrocede. Cada momento es una oportunidad única para sentir, reír, aprender y crecer. No tiene sentido vivir esperando el momento perfecto: haz perfecto este momento.


