Leonardo Mourglia IG @colo.mourglia
Entrevista: Yaca Austerlitz IG @yacaauster
Corrección: Lucía Cornejo IG @lucocornejo
Superar la inercia: una charla entre Yaca Austerlitz y el Colo Mourglia
Viví mi propia mutación. Después de una carrera de trail de 100 millas, dejar la montaña para pasar a la calle significó romper definitivamente con mi propia inercia. Cuando venís de años de hacer cerro, el cemento te exige otra cabeza, otra paciencia y una técnica completamente distinta. Para mí, «superar la inercia» es sinónimo de reinvención: dejar atrás la comodidad del terreno que ya dominaba para adaptarme a la dureza del asfalto. En esa transición, el Colo se convirtió en mi gran referente. Por eso, valoro y agradezco el privilegio de compartir esta charla con él y le agradezco por su tiempo.
¿Cómo era el Colo Mourglia de niño? ¿Cómo fue tu infancia?
Crecí en Bernardo de Irigoyen, un pueblo rural muy chiquito de la provincia de Santa Fe, y tuve una infancia bastante típica del interior: mucho tiempo afuera, jugando, andando por el pueblo, yendo a la casa de amigos o con amigos que venían a la mía. Había una libertad que, sobre todo en las ciudades, hoy es mucho más difícil de tener.
Y creo que eso también hizo que fuera una infancia de muchísimo movimiento. Estábamos todo el tiempo haciendo algo, casi sin darnos cuenta. De alguna manera, es como los seres humanos vivimos durante miles de años: moviéndonos. El sedentarismo, especialmente el sedentarismo infantil que vemos hoy, es algo muy reciente para un cuerpo que evolutivamente está hecho para moverse.
Así que, mirándolo con los años, me siento muy afortunado de haber crecido de esa manera y en ese lugar. Creo que mucho de mi relación con el movimiento y con la vida al aire libre empezó ahí.
Colo, en el running suele haber mucha épica prefabricada: el sufrimiento, la gloria, la medalla. Pero vos lograste construir una comunidad gigantesca desde la honestidad pura, mostrando también el día que no tenés ganas de levantarte. ¿En qué momento sentiste que el deporte necesitaba menos misticismo y más realidad?

Puede ser que haya mucha épica prefabricada, pero también creo que hay una que es absolutamente sincera. Hay gente que muestra con orgullo un entrenamiento o una carrera porque sabe todo lo que le costó llegar hasta ahí. Personas que alguna vez pensaron que no podrían correr ni un kilómetro sin caminar y que hoy están corriendo 10, 21 o 42 kilómetros. Y digo “hoy”, pero en realidad esto no ocurrió de repente: detrás hubo un proceso, esfuerzo, constancia y un montón de días difíciles.
Creo que la épica prefabricada existe y probablemente sea la que más nos llama la atención solo porque hace más ruido. Pero la enorme mayoría de lo que yo veo es otra cosa: gente orgullosa de haber salido, muchas veces, del sedentarismo y de haber conseguido algo que antes sentía imposible. Esto es algo que aparece muchísimo en “Charlas al Trote”, un formato que hago en YouTube: historias verdaderas de gente real, con procesos también reales. Y claro que en esos procesos también hay días en los que no tenés ganas de entrenar. Pero cuando el objetivo está claro y realmente querés luchar por algo, dejás de depender tanto de las ganas o del estado de ánimo de ese día. Hay algo más fuerte que te empuja: saber hacia dónde querés ir. Y creo que esto, mucho más que cualquier épica, es lo que termina llevándote hasta el final.
Desde Indómito siempre decimos que el terreno no solo se recorre, también te transforma. Vos devoraste asfalto, montaña, fondo y velocidad. ¿Qué parte de tu personalidad se moldeó en la calle y qué parte se terminó de romper —o arreglar— en la montaña?
La calle me ayudó mucho a ordenarme. Yo soy una persona muy desordenada, extremadamente desordenada, pero el deporte me obligó a desarrollar una organización que naturalmente no tengo. Sobre todo el triatlón, que empecé a practicar en 1998 y fue mi deporte principal hasta aproximadamente 2014. El triatlón te exige organizar entrenamientos, disciplinas, horarios, equipamiento…, y todo ese orden que necesitaba para entrenar terminó ayudándome también a ordenar otras partes de mi vida.
En cambio, creo que la montaña me enseñó otra cosa: a adaptarme. En ella las circunstancias cambian permanentemente y tenés que tomar decisiones todo el tiempo. A veces es algo tan pequeño como elegir dónde poner el pie, si pisar una piedra o la otra, o cambiar ligeramente el camino que habías imaginado. Tenés que decidir con rapidez y a la vez de manera consciente.
Y creo que en la vida pasa lo mismo. Permanentemente, aparecen circunstancias que no estaban previstas y distintos caminos posibles. No siempre tenés todo el tiempo del mundo para decidir. Tenés que observar lo que tenés adelante, elegir lo que en ese momento creés que es mejor y seguir avanzando.
Entonces, si tuviera que resumirlo, diría que la calle me enseñó a ordenar el camino, y la montaña, a cambiarlo cuando hace falta.
¿Cuál es el secreto para animarse o empezar un proyecto? Mucha gente tiene miles en su cabeza, pero nunca los llegan a concretar.

Creo que la clave está en no esperar a que las cosas sean perfectas para empezar, porque es justamente haciéndolas cómo las vamos mejorando. Si esperás a tener todo resuelto, a saber exactamente cómo hacerlo o a sentirte completamente preparado, probablemente nunca empieces.
Para mí funciona parecido al entrenamiento de una carrera. No esperás a ser el mejor corredor del mundo para largar; empezás desde donde estás y construís a partir de ahí. Es un proceso. En el camino te vas a equivocar, vas a aprender, vas a corregir cosas y, con suerte, cada vez lo vas a hacer un poco mejor.
Con los proyectos pasa exactamente lo mismo. Muchas veces queremos tener resuelto desde el principio algo que solamente vamos a poder resolver después de haber empezado.
Por eso creo que la perfección, si existe, no es el punto de partida: es algo a lo que uno puede intentar acercarse durante el camino. Lo importante primero es animarse a empezar.
¿Qué lugar ocupa para vos el medio ambiente en el mundo running?
El medio ambiente es nuestra casa. Y creo que el trail running, y particularmente las carreras de montaña, ayudan mucho a tomar conciencia de la fragilidad del mundo en el que vivimos y, al mismo tiempo, de cuánto dependemos de él.
Claro que todavía vemos cosas que no deberían pasar. A veces encontrás, por ejemplo, el envoltorio de un gel tirado en medio de la montaña. Eso existe. Pero hay algo que para mí también es significativo: hay miles de personas que se indignan cuando lo ven.
En cambio, caminamos por una ciudad, vemos un envoltorio de caramelo o un paquete de cigarrillos tirados en el piso y muchas veces lo naturalizamos. Ya forma parte del paisaje y casi ni nos llama la atención.
Creo que la montaña genera algo diferente. Estar ahí, sentirte parte de ese entorno y entender también lo pequeños que somos frente a él hace que tomemos otra dimensión de la necesidad de cuidarlo. Y en ese sentido, creo que el running de montaña nos ha ayudado bastante a entender algo muy simple: ese lugar que tanto disfrutamos también es nuestra casa y tenemos que cuidarla.
Hay un fenómeno especial en el runner: la necesidad constante de buscar la distancia que sigue. Si corren 10k, quieren 21k; si hacen 42k, buscan 100k. ¿Es búsqueda de libertad o es una fuga hacia adelante?
No sabría decir si es una búsqueda de libertad, pero tampoco soy muy de la idea de que corremos para fugarnos de algo. Me gusta pensar, en todo caso, que corremos para llegar más rápido a algo.
En cuanto a esa necesidad de buscar siempre la distancia siguiente, creo que tiene más que ver con un deseo bastante natural de superación. Corriste 10K y aparece el desafío de los 21K; después los 42K; después quizás una ultra. Es el camino más sencillo de imaginar para progresar. No porque hacerlo sea sencillo, sino porque es el objetivo más evidente: ir más lejos.

El problema es que también puede convertirse en una trampa. Porque las distancias tienen un límite, igual que las marcas. Llega un momento en el que ya no podés seguir corriendo cada vez más lejos ni mejorando tus tiempos indefinidamente.
Por eso siempre digo que, si tu única motivación para correr es hacer más distancia o correr cada vez más rápido, tus días en el running están contados. En algún momento vas a encontrar tu techo.
Y ahí aparece algo que para mí es fundamental: el aprender a reciclar los objetivos. No significa renunciar a correr más rápido o más lejos, sino entender que el running puede darte muchas otras cosas. Puede ser conocer lugares, viajar para correr una carrera que siempre soñaste, probar otro tipo de terreno, compartir una experiencia con alguien o, con el paso de los años, plantearte desafíos dentro de tu categoría de edad.
Creo que cuanto más tiempo querés permanecer en este deporte, más creativo tenés que aprender a ser con las razones por las que seguís corriendo.
Si pudieras quedarte toda la vida con la misma edad, ¿cuál sería?
Creo que me quedaría en alguna entre los 25 y los 30 años. Es una edad fabulosa porque físicamente estás en plenitud y, al mismo tiempo, sentís que todavía tenés muchísimo por delante para crecer, mejorar y descubrir.
En mi caso fue también una etapa en la que recién había terminado de estudiar, empezaba a trabajar, tenía mis primeros ahorros y comenzaba a tener cierta independencia. De repente se abría la posibilidad de proyectar cosas que antes quizás no podía.
Es una combinación que me gusta mucho: la plenitud física, una libertad que empieza a aparecer y la sensación de que todavía tenés casi todo por delante.
¿Cuál es tu mayor miedo en esta vida?
Mi mayor miedo es irme de esta vida sintiendo que no hice lo suficiente, que no intenté las cosas que quería intentar. Porque hay cosas que uno busca con todas sus fuerzas y finalmente no se dan. Y puedo convivir perfectamente con eso. Si realmente lo intenté, si trabajé, si hice todo lo que estaba a mi alcance y aun así no salió, puedo decir: bueno, no se pudo.
Lo que me cuesta mucho más perdonarme es no haberlo intentado. Quedarme pensando qué habría pasado si le hubiese dado una oportunidad, si hubiese trabajado un poco más o si me hubiese animado.
Si algo no va a salir, quiero que sea porque realmente no podía salir, no porque yo no hice todo lo posible para que sucediera.
¿En qué lugar del mundo te gustaría vivir?
La verdad es que soy feliz viviendo como vivo hoy. Hago base una parte del tiempo en Buenos Aires y otra en Traslasierra, en Córdoba, que es un lugar que me gusta muchísimo porque ahí encuentro la paz, la montaña y la libertad para entrenar como quiero. Y después, por mi trabajo, tengo la suerte de viajar muchísimo. Así que me siento un poco como un corredor nómade.
Viajar me encanta y esto me permitió ampliar muchísimo mis fronteras, conocer países, ciudades y lugares de Argentina a los que probablemente nunca hubiese llegado de otra manera.
También es cierto que viajar por trabajo no es exactamente la imagen romántica que muchas veces se ve desde afuera. Hay obligaciones, horarios, presiones y objetivos que cumplir. Me ha pasado de viajar de Argentina a Europa por apenas cuatro días, pasando más tiempo entre vuelos y aeropuertos que disfrutando del lugar, y llegar sabiendo que tenía un trabajo concreto para hacer. Muchas veces, además, trabajo registrando cosas que suceden una sola vez: tenés un solo disparo; si no estabas ahí o no lo registraste, ya pasó.
Pero no lo digo como una queja, todo lo contrario. Me encanta mi trabajo y sigo eligiendo esta forma de vida. Por eso, más que pensar en un lugar del mundo en el que quisiera instalarme para siempre, creo que me gusta tener lugares a los que llamar casa y, al mismo tiempo, seguir moviéndome, viajando y descubriendo otros nuevos.


