Fuente: National Geographic
Los gases de efecto invernadero han hecho posible que la Tierra sea un lugar habitable para millones de especies, incluidos nosotros los seres humanos. Al absorber y reemitir parte del calor solar, estos gases, como el dióxido de carbono (CO₂) o el metano (CH₄), funcionan como una manta térmica que mantiene el planeta a una temperatura promedio de unos 15 °C. Sin embargo, el uso intenso de combustibles fósiles y otros factores han disparado sus concentraciones hasta niveles sin precedentes, poniendo en jaque la estabilidad climática a la que estamos acostumbrados.
El origen del concepto de gases de efecto invernadero
Para encontrar el germen de la teoría de los gases de efecto invernadero tenemos que remontarnos al siglo XIX. El matemático y físico francés Joseph Fourier dedujo en 1824 que la atmósfera de la Tierra atrapa parte del calor que de otro modo escaparía al espacio. Sin ello, la Tierra debería ser mucho más fría de lo que es. Se trata del germen de la formulación del efecto invernadero que décadas después, en 1896, el científico sueco Svante Arrhenius relacionó con el aumento del CO₂ procedente de la quema de combustibles fósiles.
De hecho, en 1899, Thomas Chrowder Chamberlin formuló y desarrolló con precisión la hipótesis de que las fluctuaciones en la concentración atmosférica de dióxido de carbono podían desencadenar variaciones climáticas. Y casi un siglo después, ya en el siglo XX, el climatólogo James E. Hansen alertó ante el Congreso de Estados Unidos en 1988 que “el efecto invernadero se ha detectado y está cambiando nuestro clima”.
¿Cuáles son los principales gases de efecto invernadero?
La Oficina Nacional de Administración Oceánica y Atmosférica de los EE. UU. (NOAA) o la NASA, han confirmado los gases que sustentan el efecto invernadero en la atmósfera (y sus efectos):
Dióxido de carbono (CO₂)
Representa cerca de un 75% de las emisiones de gases de efecto invernadero y procede en su mayoría de la quema de carbón, petróleo y gas, así como de la deforestación y la incineración de residuos. Este gas es capaz de persistir en la atmósfera durante cientos o, incluso, miles de años y las concentraciones actuales de dióxido de carbono son alarmantes, ya que se encuentran en niveles que no se registraban en millones de años (las concentraciones actuales son mayores de 419 partes por millón (ppm).
Metano (CH₄)
Este gas causa alrededor del 16% de las emisiones globales. Se trata de un componente principal del gas natural y se libera en vertederos, explotación de hidrocarburos y agricultura ganadera. Según datos de la NASA, se estima que el 60% de las emisiones actuales de metano son el resultado de actividades humanas. Su permanencia en la atmósfera es de unos 12 años, pero calienta al menos 84 veces más que el CO₂ en lapsos de 20 años.
Óxido nitroso (N₂O)
El óxido nitroso constituye cerca de un 6% de las emisiones mundiales. Es unas 270 veces más potente que el CO₂ en 20 años y puede durar más de un siglo en la atmósfera. En este caso, el gas se origina en la agricultura (por el uso de fertilizantes o estiércol) y en la quema de combustibles y residuos.
Gases industriales (gases fluorados)
Hablamos de gases fluorados cuando nos referimos a hidrofluorocarbonos, perfluorocarbonos o hexafluoruro de azufre, entre otros que se utilizan en aerosoles, disolventes, refrigeración y ciertos procesos industriales. Su potencial de calentamiento es miles de veces superior al del CO₂ y persisten en la atmósfera terrestre de cientos a miles de años.
La situación es preocupante, ya que los gases de efecto invernadero no paran de crecer. Ya sea por la deforestación, los residuos y vertederos, la agricultura intensiva y la ganadería y la quema de combustibles fósiles (que es la principal responsable de enviar CO₂ a la atmósfera), su liberación está siendo tan masiva que este exceso conduce al calentamiento global que sufrimos desde hace décadas.
Efectos de los gases de efecto invernadero
El problema de este desequilibrio de los gases no reside solo en un alza en las temperaturas del planeta, sino que conlleva consecuencias más dramáticas aún: fenómenos meteorológicos extremos con sequías cada vez más prolongadas, olas de calor también más intensas, ciclones más potentes e inundaciones e incendios más frecuentes. A esto hay que añadir la pérdida de biodiversidad, ya que muchos animales y plantas son incapaces de adaptarse a cambios tan rápidos en su hábitat y aunque algunas lo hagan, otras están destinadas a desaparecer. De la misma manera,el deshielo de los polos y los glaciares también pone en peligro áreas costeras y ciudades insulares lo que conlleva no solo riesgos para la seguridad alimentaria (pueden aparecer más plagas, entre otras cosas) sino también para la salud, ya que el calor excesivo puede agravar problemas respiratorios y cardiovasculares.
Los gases de efecto invernadero son esenciales para nuestra supervivencia pero su descompensación está desestabilizando el clima con repercusiones que ponen en peligro el futuro de los seres vivos.


